Resumen del capítulo anterior: Ana y Rubén se habían encontrado en el apartamento para decidir cómo gestionar el que una madre del cole supiera de su aventura. Cuando deciden que la única alternativa es hablar cuanto antes con sus respectivas parejas, Rubén recibe un whatsapp de su mujer en el que le dice que lo está esperando a las puertas del edificio de apartamentos.

Las cosas no podían torcerse más. Sentía que estaba perdiendo el control de la situación, que podía desatarse una tormenta feroz en mi vida, y cada minuto que pasaba, sucedía otra cosa que venía a complicarlo todo un poquito más. 

Ahora era la mujer de mi amante la que se había enterado de lo nuestro y reclamaba una conversación con él justo en el apartamento que nos había servido de nido de amor.

Yo sentía que las piernas me fallaban y me dejé caer en el sofá.  Rubén salió a la terraza, para cerciorarse de que no fuera un farol, y cuando volvió dentro del piso, me dijo:

—Está abajo. Quédate aquí, voy a intentar tranquilizarla.

—No puedo con esto, Rubén —lo agarré del brazo cuando pasó delante de mí, muy nerviosa, reteniéndolo conmigo.

Rubén se agachó y se sentó a mi lado en el sofá. Me sujetó la cabeza con las dos manos, obligándome a mirarlo fijamente:

—Ya estamos metidos en esto. Ahora no vale agachar la cabeza, Ana. Ahora hay que asumir lo que hemos hecho y sobre todo, lo que queremos hacer con nuestra vida a partir de ahora.

Tenía toda la razón. Pero era tan difícil. Cerré los ojos y me incorporé, necesitaba su abrazo. Rubén me lo devolvió antes de marcharse escaleras abajo, visiblemente preocupado. No pude evitar asomarme al balcón.

La mujer que yo había conocido días antes en el supermercado caminaba arriba y abajo por la acera. Cuando vio a su marido salir del portal y acercarse a ella, comenzó a lanzarle insultos a gritos y a pegarle con el puño cerrado en el pecho hasta que finalmente se derrumbó en llanto.

Hasta la terraza, en la séptima planta, llegaban sus “¿cómo has podido?” que aquella pobre esposa engañada repetía una y otra vez. 

Eso fue demasiado para mí. Me encerré dentro, cerré la puerta de cristal de la terraza y empecé a morderme las uñas, después de más de treinta años sin hacerlo.

No sé cuánto tiempo pasé sentada en el sofá sin moverme, con la mirada perdida en la pared de enfrente, sin pensar en nada cierto, simplemente abrumada y en estado de shock por lo que estaba pasando. 

Entonces, sentí que Rubén abría la puerta y que entraba precipitadamente en el apartamento.

—¡Vámonos, Ana!—empezó a recoger sus llaves , su cartera y sus gafas de sol mientras yo lo miraba desconcertada poniéndome en pie y esperando alguna explicación más—. ¡Dice que va a contárselo a tu marido!

Me llevé las manos a la boca y sólo acerté a decir, con un ataque de pánico en el estómago.

—No sabe dónde vivo.

Rubén me empujaba suavemente hasta la puerta. Al menos entendía que todo esto me venía grande.

—Sí, cariño, sí lo sabe. Sabe más de lo que nos hayamos podido imaginar. 

Me eché a llorar en el ascensor, no podía estar pasándome esto, no era así como yo había planeado que salieran las cosas.

Entonces Rubén me abrazó y me consoló, me dijo en voz bajita que no se podía controlar todo, y que sólo debíamos intentar que ellos sufrieran lo menos posible por esta separación, que vendrían momentos difíciles pero que la recompensa de estar juntos hacía que todo mereciera la pena.

Me besaba las mejillas, limpiándome las lágrimas y me decía una y otra vez “todo va a salir bien”.

Entonces entendí por qué había llegado a este punto, por qué me había vuelto a enamorar del amor de vida, por qué había estado dispuesta desde el principio, aún sin ser consciente, a arriesgarlo todo por él. Rubén hacía que mi vida tuviera sentido.

Simplemente eso y todo lo demás perdía importancia. Con él volvía a sentirme más yo misma de lo que me había sentido en veinte años.

Conseguí calmarme y salimos del portal hacia su coche.

—Móntate, vamos juntos, tardaremos menos.

Rubén condujo deprisa  hacia mi casa, mientras yo le pedía que me pusiera al corriente de la conversación que había tenido con su mujer:

—Pues básicamente lo sabe todo desde el principio. Casualmente te vio bajar de mi coche el día que nos tomamos el primer café y algo le dijo que aquello no era normal.

Ha estado revisándome el móvil desde entonces hasta que tuve el descuido que ella esperaba y a partir de ahí, todo ha sido muy fácil. El día del supermercado te reconoció al instante y aprovechó el momento de quedarse a solas con tu marido para sacarle “inocentemente”  información: quién eres, a qué te dedicas, dónde vivís. Todo.

Yo no salía de mi asombro. ¡Vaya con la mujer de Rubén, era una espía en potencia! Yo quería impedir que Antonio se enterara de aquella forma. No se lo merecía, esperaba llegar a tiempo.

Pero cuando llegamos a mi calle, justo delante de mi portal, vimos a mi marido, que escuchaba atentamente las explicaciones de aquella mujer fuera de sí. Rubén aparcó en la acera de enfrente. Respiró profundamente y nos miramos un segundo antes de afrontar aquel paso.

Me susurró un te quiero y le respondí esbozando apenas un beso con los labios. Había llegado la hora.

¿Cómo afrontarán Rubén y Ana el momento de ponerse cara a cara con sus parejas y contarles lo que ha sucedido entre ellos? ¿Cómo reaccionarán su marido y su mujer cuando escuchen toda la verdad? No te pierdas el último capítulo.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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