Resumen capítulo anterior: Después de decidir que la excursión del cole del hijo de Ana, donde Rubén es profesor, no era el mejor lugar para recuperar veinte años de separación, ambos acuerdan una nueva cita en el apartamento de un amigo de Rubén.

Las cosas hay que hacerlas sin pensar. O al menos, sin pensarlas demasiado. 

Hacía dos días que Rubén y yo habíamos tenido que dejar a medias aquel encuentro caliente en los aseos del Centro de Visitantes durante la excursión del cole de Pablo, en la que me ofrecí como mami voluntaria, y al regresar, aquella misma tarde, acordamos una nueva cita para vernos a solas en el apartamento  de un amigo de él.

Ya sé que dos días es tiempo suficiente como para que la conciencia aparezca y te haga sentir un poquito de remordimiento por el pecado que estás a decidida a cometer, pero si os digo la verdad, en lo único en lo que yo podía pensar era en tener a mi primer novio desnudo junto a mí entre cuatro paredes.

Le pedí a la niñera que se quedara en casa hasta que Antonio, mi marido, volviera del trabajo y a él le dije que iba a acompañar a mi amiga Irene a unas gestiones.

Antonio no preguntó, nunca preguntaba nada, siempre le parecía bien todo lo que yo hacía. Se comprometió a no llegar tarde a casa y se despidió de mí aquella mañana deseándome que lo pasara bien.

Y tan bien. Estaba deseando que llegaran las seis de la tarde.

Había quedado con el maestro de mi hijo en una calle cercana a mi trabajo. Su amigo, un compañero de la Facultad al que yo no había llegado a conocer, tenía desde hacía años un pequeño ático en un pueblo a las afueras de Sevilla que alquilaba por temporadas pero que, por suerte para nosotros, ahora estaba libre.

Mi ex llegó puntual, me monté en su coche y le di un beso en los labios. Ya que íbamos a meternos en la cama en unos minutos, me pareció lo más apropiado.

–¿Estás nerviosa? –fue lo primero que me preguntó.

–No –le respondí con rotundidad–, ¿y tú?

–Nervioso no sería la palabra. Más bien, ansioso.

Me eché a reír.

–Ana, sólo quiero que estés segura de lo que vas a hacer. Todavía estamos a tiempo.

Qué tiernas me parecían sus consideraciones.

–Yo quiero seguir adelante.

Giró la cabeza hacia mí y sólo me sonrió. Ya no hablamos más durante el camino. El apartamento ocupaba la última planta de un edificio de siete pisos en la ladera de una colina a las afueras de la ciudad. Estaba decorado en un estilo minimalista y muy funcional, pero con mucho gusto.

Se notaba la mano de un profesional detrás. Todo estaba impecable. Abrí la puerta de cristal que daba a la terraza y salí al exterior. Las vistas de Sevilla eran espectaculares. 

Rubén me preguntó si quería tomar una copa, su amigo había tenido el detalle de dejarnos una botella de ginebra enterita y un pack de seis tónicas, junto con una bolsa de galletitas saladas.

Nos sentamos en las hamacas de bambú de la terraza, con una mesita baja entre los dos, a charlar un ratito mientras dábamos algunos sorbos a nuestras bebidas.

Pero notaba que me miraba con deseo y yo estaba que me moría porque al fin me llevara a la cama. Me levanté muy despacio, me acerqué a su hamaca y me senté entre sus piernas:

–Conmigo te puedes ahorrar el cortejo, cariño –le dije poniendo mis labios fríos en su boca.

Tomó mi cabeza entre sus manos y nos besamos, muy despacio. El sólo contacto con su lengua era electrizante. Empecé a desabrocharle la camisa que llevaba por fuera, quería sentir el calor de su cuerpo.

Recordaba su torso perfecto, sus abdominales marcados, sus pectorales firmes… Todo seguía igual. Siempre le había gustado cuidarse.

La temperatura permitía quedarse sin ropa al aire libre, así que le pedí que se quitara la camisa. Cuando se puso de pie, la visión del bulto de su entrepierna, me hizo aumentar las ganas y empecé a desabrocharle el cinturón también:

–Eh, ¿tienes prisa?–protestó.

Lo miré y le bajé de un tirón los pantalones y los calzoncillos y allí quedó de pie delante de mí, con su pene erecto y la ropa por los tobillos.

Dios, me consumía el deseo, así que agarré su miembro con firmeza con una mano mientras me lo metía en la boca. Me dediqué a saborearlo a mi ritmo, disfrutando el momento, hasta que él me pidió que me levantara:

–Ven aquí, preciosa.

Me quitó el vestido ceñido que llevaba, ayudándome a desabrocharme la cremallera y me quedé en ropa interior delante de aquel Adonis al que una vez había amado tanto.

De un manotazo, tiró al suelo las colchonetas de lona de las hamacas y me tumbé sobre ellas, mientras él sacaba los pies de los pantalones. Me bajé las braguitas de encaje y abriendo mis piernas para él le dije:

–Soy toda tuya.

No tardó medio segundo en estar dentro de mí.

Fue como un retorno al hogar, como encajar dos piezas de un puzzle que durante mucho tiempo habían estado extraviadas en cajas diferentes.

Dedicamos el resto de la tarde a darnos placer, metiéndonos dentro del apartamento cuando el sol empezó a caer. Tumbados el uno junto al otro en la cama, con la escasa luz que aún entraba por la ventana, fuimos conscientes de que había que despedirse.  Rubén me apartó el pelo de la cara:

–¿Estás bien?

Parecía preocupado por mis remordimientos.

–Mejor que bien. Dime, ¿me echarás de menos?

–Espero volver a tenerte antes de que eso ocurra.

Nos abrazamos sabiendo que sería la última vez. A ambos nos esperaban en casa.

¿Seguirá Ana sin sentir remordimientos por la infidelidad que acaba de cometer? ¿O se vendrá abajo cuando entre en casa y tenga que mirar a su marido a los ojos?

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


Booking.com