Muchas cosas no sabía yo a mis 10 diez años. Por ejemplo: que el mundo estaba dividido en propietariose inquilinos; que los fideos, además de comerse con tuco, se podían comer con salsa de soja, con verduras o camarones; que no todos los hijos de padres separados eran chicos con problemas (eso me decían en mi casa);

que había mamás que amasaban pan casero en lugar de comprarlo en la panadería; que en algunas casas se tomaba Coca-Cola todos los días, y no sólo para festejar las buenas notas; o que había mujeres que no podían tener hijos y que eran llamadas estériles.

Mi casa era mi mundo, pero esta última información traumática me llegó gracias a una novela que miraba todas las tardes:“Manuela”.

La protagonista tenía una hermana (creo, con la mitad de la cara quemada) que en un capítulo se entera que no podía tener hijos. Recuerdo como si fuera hoy la angustia que sentí al descubrir eso.

Como muchas niñas, uno de mis juegos era jugar “a la mamá” y soñaba con tener hijos cuando fuera grande, pero ahora ese sueño empezaba a tambalear.¿Y si no podía tener hijos? Desperté a mi mamá de la siesta, pidiendo explicaciones y ella me lo confirmó: lo de la hermana de Manuela le podía pasar a cualquiera.

Pero me consoló contándome otra cosa que tampoco sabía: se podía adoptar hijos. “Si yo no hubiera podido tenerte, hubiera adoptado”, me dijo mi mamá. Un poco me tranquilicé, pero desde ese día, la sensación de sentirme estéril se quedó conmigo.

Años después, entrada la adolescencia, una de mis primas me contó de un juego con el que podías saber cuántos hijos ibas a tener. Otra vez estaba descubriendo algo nuevo y, por fin, iba a sacarme la duda de mi esterilidad. El juego consistía en sostener una cadenita con una alianza de oro por sobre la mano de la chica, y si la cadenita se movía en círculo tendrías niña; y si se movía de un extremo al otro, niño.

Primero se lo hicieron mis amigas y a todas les salía, como mínimo, dos o tres hijos. Llegó mi turno: la cadenita parecía congelada, no se movía de ninguna de las dos maneras. La angustia de mi niñez volvió potenciada, porque ahora sí tenía pruebas contundentes acerca de mi problema.

Mi caso llamaba la atención a todas mis amigas y se iban turnando de a una para ver si cambiaba mi suerte, pero no había caso, a mí me tocaba adoptar.

Varias veces, con distintas personas y en distintos lugares, propuse el juego para ver si se modificaba mi destino. Pero no. La cadenita cada vez se quedaba más rígida, inmóvil, como un témpano.

Luego vinieron los primeros novios, y siempre intenté esquivar el tema “hijos”, para no tener que confesarles mi problema y que huyan despavoridos. Pasados los treinta el tema fue inevitable, me respiraba en la nuca, me atosigaba, y el momento de enfrentarme a la verdad era inminente.

Con vergüenza y miedo le confesé el asunto a mi marido quien, por supuesto, lo ignoró, pero yo la duda la seguía teniendo. A dos meses de cumplir 34, con el deseo cada vez más fuerte de tener un hijo, le pregunté si le parecía bien que empezaramos a llamar a la cigüeña, en caso de que tardara en llegar.

Pensé que estaríamos años escribiéndole cartitas,y para mi enorme sorpresa, al mes siguiente, la cigüeña nos había respondido con la inmediatez de un e-mail, y un test positivo adjunto.

Por supuesto,pensé que había un error y me fui a hacer un análisis de sangre (la cadenita no podía estar tan equivocada). Y otra vez, la sorpresa: positivo.

No obstante, fui a hablar con un médico para corroborar el resultado y un buen hombre de guardapolvo blanco, luego de mirar los resultados, me dijo: “estás embarazadísima”. Una voz autorizada me lo estaba confirmando, ya no quedaban dudas, entonces me largué a llorar.

Tenía una mezcla de sensaciones muy extrañas. Por un lado me sentía esa niña de diez años que miraba Manuela, por otro, tenía ganas de correr a contarle a mis amigas que la cadenita mentía; por otro, abrazar al médico porque me estaba dando la noticia más hermosa del mundo.

Lo llamé a mi marido para decirle que sí, que no había dudas, que había sucedido un milagro ¡y que en nueve meses un nuevo integrante estaría viviendo entre nosotros!

Ya llevo cinco meses de embarazo y todos mis miedos se fueron disipando. Ahora se mueve y no veo la hora de conocerla, pero si hay algo que aprendí, es que mi hija no va a mirar novelas que la traumen hasta que sea adolescente y le hayamos enseñado las cosas importantes de la vida.

"Lo siento, Cris Morena, pero por un par de años no va a saber de tus historias.  "

Escrito por Brenda Howlin para Aire solo para mujeres