Resumen capítulo anterior: Durante la excursión, Ana tiene que soportar los coqueteos de las otras madres con el profesor de su hijo, su primer novio. A la hora del almuerzo, Rubén aborda a Ana en el aseo de mujeres, poniéndola en una comprometida situación cargada de tensión sexual. 

Con mi ex pegado a mí en aquel espacio que quedaba entre los lavabos y las puertas de los aseos, las risas de los niños colándose por las pequeñas ventanas de la parte alta de la pared trasera, y la excitación de nuestros cuerpos que aumentaba por momentos, queriendo rememorar  sensaciones ya olvidadas, a mí lo único que me apetecía era tirarme al suelo y dejar que me hiciera el amor de forma salvaje.

 

Miraba nuestro reflejo en los espejos, él de espaldas apretado contra mí y yo agarrada a su cuello mientras él recorría el mío con su boca.

Pero aquel no era el momento, ni el lugar. Yo lo sabía, aunque fue él quien dijo:

–Seguramente me arrepentiré de esto durante los próximos veinte años, pero creo que es mejor que paremos.

Tenía razón. Hundí mi cabeza en su pecho y nos abrazamos fuerte.

–Tengo muchas ganas de ti –añadió en un susurro.

–Yo también.

Entonces se separó y volvió a besarme.

–Antes de que acabe la semana –me decía mordiéndome suavemente los labios mientras yo me dejaba hacer– tenemos que escaparnos a algún sitio donde podamos estar juntos.

Yo sólo asentí. Estaba como borracha. Me dio un último beso, salió del lavabo y me dejó allí con las piernas cruzadas intentando contener el volcán que notaba dentro.

Volví a refrescarme un poco y salí al exterior, donde me esperaban las compañeras, que ya habían empezado a echarme de menos. Mi aspecto debía delatar cierto sofoco, porque todas quisieron saber si me encontraba bien y tuve que fingir que me había afectado el sol.

El resto de la tarde intenté centrarme en las actividades. Por la de veces que se acercó a nuestro grupo a bromear y pedir prestados materiales, suponía que él tenía tantas ganas como yo de volver a tenerme entre sus brazos.

Pero supimos guardar las  apariencias hasta que el día por fin acabó. Sólo se permitió el exceso de pegarme un disimulado cachete en el culo cuando subí al autobús delante de él.

En cuanto llegué a casa, mandé a Pablo a la ducha mientras yo me quedaba recogiendo nuestras mochilas y llamé a Irene.

Cómo no, aquella loca amiga mía disfrutó con la historia que le conté, pidiéndome detalles de todo tipo sobre olores, sensaciones, tactos. Un tercer grado sensorial en toda regla.

–¿Y ahora qué vais a hacer?

Yo paseaba arriba y abajo por el pasillo y me asomaba a la terraza, temiendo ver aparecer el coche de mi marido antes de que pudiera terminar la conversación con ella.

–Ay, hija mía, estoy condenada. Si te digo la verdad, si él no llega a parar hubiera sido capaz de hacerlo allí mismo.

Irene se echó a reír.

–Ya lo sé, querida, siempre has sido una temeraria sexual. ¿Cuánto tiempo hace que tu marido no te hace sentir así?

–¿Desde antes de casarme? –contesté resoplando.

–Ains, qué horror. No es por excusarte, eres una bruja pecadora y lo sabes, pero los maridos  se olvidan de mantener la chispa. Se casan con una princesa y cuando pasan los años nos damos cuenta de que nos han convertido en Cenicienta.

¡El cuento al revés! Es normal que busquemos otro príncipe que nos lleve al baile, sobre todo si el príncipe está más bueno que el chocolate y el recuerdo que tenemos de él en la cama es sublime.

Me entró la risa nerviosa sólo de fantasear con un rato de cama con él. En ese momento, sonó el whatsapp y vi que era un mensaje suyo.

“Dime qué día de esta semana te viene mejor. Tengo un amigo que nos puede dejar su apartamento”.

Le retransmití a Irene en directo su mensaje, con las dudas de si aquello se me estaba yendo de las manos, y  aquella loca que también era sabia me acabó por decidir:

–Si tienes que arrepentirte, mejor por algo que hayas hecho. Yo te sirvo de coartada, utilízame para lo que quieras.

Colgué mandándole un beso fuerte y prometiéndole que la mantendría informada. Pablo me reclamaba desde la ducha y el coche de mi marido acababa de entrar en el garaje.

Borré mi chat con Rubén, no sin antes haberle enviado un “Jueves tarde, a partir de las seis”, y enfilé el pasillo hacia el baño con una sonrisa en la cara y un culpable tatuado en la frente.

¿Habrá llegado por fin el momento en el que Ana y Rubén recuperen esos veinte años de separación o surgirá algún impedimento que complique las cosas? ¿Se cumplirán las expectativas que Ana lleva puestas en ese encuentro?

¿Serán capaces de culminar el encuentro sin que se lo impidan los remordimientos de conciencia? No te pierdas el próximo capítulo.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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