Resumen capítulo anterior: Rubén recoge a Ana del trabajo y se van a comer juntos unas hamburguesas al parque. De pronto, él la sorprende con la propuesta de que vuelvan a escaparse al apartamento del amigo, del que aún tiene la llave.

El simple hecho de estar sentada a solas junto a Rubén, mi novio de la juventud, reaparecido por un guiño del destino hacía tan solo unas semanas, hacía que se me despertara el deseo sexual.

Íbamos los dos en su coche, él conduciendo mientras chupaba los dedos de mi mano izquierda, que no dejaba que sacara de su boca. Habíamos decidido en un arrebato de locura hacer una escapada improvisada a aquel apartamento que un amigo suyo nos había cedido para nuestros encuentros. 

Pero, ¡ay, amiga! era viernes mediodía y había retención para salir de Sevilla. Con cada frenada, mi ansiedad iba creciendo, así que le obligué a devolverme mi mano chuperreteada y me bajé las medias y las braguitas hasta los tobillos.

Cogí su mano derecha y me la llevé a mi entrepierna. Rubén mantenía la vista fija en la carretera, pero sus labios dibujaron una sonrisa. Guié su mano hasta donde yo quería y utilicé mis dedos para recordarle cómo me gustaba que me acariciara.

Me mantenía muy recta en mi asiento para disimular lo que ocurría de cintura para abajo a los coches que circulaban junto a nosotros.  Alargué la mano izquierda y busqué su cremallera.

—¿Qué haces, loca?

—No puedo esperar —le dije en apenas un susurro.

Saqué su pene con cuidado a través de la cremallera—ya estaba excitado—, y aproveché un adelantamiento para sacar su mano de mi sexo y meter mi cabeza bajo el volante.

Me metí su miembro en la boca y lo sentí subirme el vestido para acariciarme el trasero, que me quedó totalmente expuesto en aquella postura. Si adelantábamos a alguna furgoneta o autobús, iban  a ver un lindo espectáculo, pero no me importaba en absoluto.

La mano de Rubén bajó hasta mi sexo y volví a tener sus dedos dentro de mí. Yo lo saboreaba con deleite como si de un helado se tratara, mientras lo escuchaba gemir de excitación.

Cuando por fin aparcó el coche frente al apartamento,  bajamos corriendo. Literalmente. Ni siquiera me puse las braguitas ni las medias. En el ascensor hasta el ático libramos el primer asalto.

Me cogió en brazos  y me penetró colocando mis piernas a ambos lados de sus caderas, apoyándome contra la esquina. El recorrido fue corto y maldije llegar al ático, pero recordando que era la única vivienda en la planta, Rubén no se tomó la molestia de cambiar de postura.

Abrió con la derecha mientras sujetaba mi peso con la izquierda y yo me mantenía como una garrapata asida a sus caderas. Cuando traspasamos el umbral, me apretó contra la puerta y siguió embistiéndome con el vestido subido hasta la cintura y sus pantalones por las rodillas.

Nuestras bocas se buscaban como si no hubiera un mañana, yo me sentía la mujer más deseada del mundo.

Se apartó sólo unos segundos antes de eyacular, estábamos jugando con fuego sin poner protecciones, pero me volvía tan loca que no había lugar para la sensatez. Me devolvió delicadamente al suelo y entró en el baño.

Yo me bajé el vestido y me senté en el sofá. Tenía muchísimo calor. Cuando Rubén volvió me dijo:

—Quítate el vestido.

Lo miré burlándome de su tono autoritario, pero me levanté e hice lo que me pedía. Me quedé de pie en sujetador —las braguitas seguían en el coche—, y me lo quitó de un movimiento certero.

Me pidió que me sentara en el sofá y él se colocó de rodillas en el suelo delante de mí. Me cogió por las piernas y me atrajo hasta el borde, separándome las rodillas para dejar mi sexo justo delante de su cara.

—No dejes de mirarme —me dijo, antes de acercarse a mi vulva y comenzar a mover su lengua rítmicamente. Me metió un dedo y luego otro mientras seguía lamiéndome el clítoris y cuando ya creía que no podía aguantar más placer, se separó,  y volvió a penetrarme.

Esta vez, al tercer bombeo dentro de mí, sentí llegar el orgasmo y me abandoné a ese arrebato agarrada a su cuello y gritando su nombre al oído.  Lo dejé seguir disfrutando de mi cuerpo hasta que eyaculó por segunda vez y entonces, recuperándose sobre mí, mientras yo le besaba el cuello me dijo:

—Te quiero, Ana.

Me quedé petrificada.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que te quiero —repitió contundente—. ¿De qué te asustas? Dime que tú no me quieres a mí.

Me mordí el labio inferior. Se me saltaban las lágrimas. Claro que lo quería, no recordaba haberlo querido tanto ni siquiera la primera vez, hacía veinte años. Me abracé con fuerza a su pecho y le solté veinte “te quiero” seguidos.

Pero teníamos que volver ya. Nos adecentamos un poco, y nos despedimos castamente con un beso en la mejilla cuando él me dejó junto a la puerta del parking donde yo tenía el coche, con la promesa de vernos pronto.

Cuando llegué a casa, la niñera estaba recogiendo la merienda de Pablo y yo aproveché para ducharme y ponerme el pijama. No tenía ganas de estar ahí. No, cuando escuché a mi marido abrir la puerta.

Hasta su beso de vuelta a casa me supo amargo. Nos sentamos a cenar y tramé en mi cabeza meterme a Pablo en la cama, para evitar cualquier intento de acercamiento.

Hacía ya varias semanas que no teníamos relaciones, prácticamente desde la aparición de Rubén en mi vida, pero mi hijo se quedó dormido antes de lo previsto y Antonio y yo nos metimos en la cama al mismo tiempo.

Por supuesto, hubo intento. A oscuras, Antonio me abrazó y me besó el cuello y yo, que ya conocía sus modos de pedir sexo, cerré los ojos. Pero no podía.

No con las huellas de Rubén tan recientes. Me excusé diciendo que estaba muy cansada, pero sabía que sería una tregua momentánea. Con un largo fin de semana por delante, no se me ocurría ninguna excusa que me permitiera eludir ese trago inevitable.

¿Cómo afrontará Ana el momento de tener relaciones con su marido? ¿Será el paso definitivo que necesita para serle sincera y contarle lo que le está pasando?

¿Podrá aguantar todo el fin de semana sin ver a Rubén? No te pierdas el siguiente capítulo.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com

 


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