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indirectas, saber si le gustas

Historias de Amor: "La asignatura pendiente" Ana y su amor de juventud, hoy el maestro de su hijo, han decidido cambiar la tutoría por un café, que deciden tomarse dentro del coche.

Una tarde de lluvia, el interior de un coche, dos cafés y un ex novio: ¿Eran cosas mías o aquello tenía riesgo de alto voltaje?

No sabía si estaba arrepentida o directamente acojonada por haber aceptado aquel café con el maestro de mi hijo, que resultó ser mi ex.

No sólo mi ex, sino el ex por excelencia, el ex de todos los ex, el primero de todos los novios y con el que hice por primera vez todas las cosas que hacen los novios.

A través del parabrisas, lo vi salir de la cafetería con los dos vasos de poliespán en las manos. Le ayudé a abrir la puerta desde dentro y se acomodó en el asiento, echándolo un poco hacia atrás para poder girarse hacia mí.

—Qué situación más extraña—acerté a decir, al tiempo que destapaba mi bebida—. Por cierto, ¿cómo te acordabas de cómo me gusta el café?

—Me acuerdo de todo —me respondió.

No sabría decir por qué, pero me daba la impresión de que a cada frase le atribuía un doble sentido.

Nos pusimos al día de nuestras vidas desde que cortamos. Yo terminé Historia del Arte y él Educación Física. Él trabajó los primeros años en Granada, luego en Huelva y finalmente Sevilla, hasta que logró su plaza en el cole de mi hijo.

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Vivan las casualidades. Yo le conté que viví algunos años en Londres, trabajando de camarera por la noche y colaborando en estudios de arte por la mañana, hasta que regresé y me ofrecieron un puesto en la pequeña galería en la que aún trabajaba, en el centro de la ciudad.

—¿En serio? Cuánto me alegro.

Rubén nunca quiso que estudiara Historia del Arte. Decía que ésa no era una carrera para ganarse la vida.

—Ya ves, te equivocaste —me regodeé al decírselo, nunca pensé que tendría la oportunidad de echárselo en cara.

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Aceptó el reproche con deportividad y me ofreció una disculpa con veinte años de retraso. Había observado que no llevaba anillo así que me atreví a preguntarle por su vida personal.

—Pues sí, estoy casado —me respondió bajando la mirada—. Y tengo una niña —añadió, con un brillo distinto en sus ojos—, Berta de diez añitos.

Qué tierno, mi Rubén era papá. Lo miré fijamente, preguntándome si habría funcionado lo nuestro de haber seguido juntos, y debió de notarme la melancolía en la mirada, porque me dijo:

—He pensado mucho en ti a lo largo de estos años.

Uyuyuy, la conversación entraba en terreno peligroso.

—Te busqué en Facebook, en Twitter y en todas las redes sociales que han ido apareciendo—añadió—, pero nunca te encontré.

—Ya. Eso es porque no estoy en ninguna. Sólo controlo los perfiles profesionales de la galería.

—¡Venga ya! Con lo sociable que eras, Anita.

—Y aún lo soy, pero en la vida real. No me gusta esa especie de escaparate desde el que controlamos la vida de la gente y mentimos como bellacos sobre la nuestra.

—Sigues siendo la misma—alargó la mano y me acarició la mejilla.

El roce de sus dedos me erizó el vello de la nuca. Cambié de tema rápidamente y comencé a preguntarle por nuestros amigos de la época.

Yo, a excepción de Irene, que continuaba siendo mi mejor amiga, había perdido el contacto con todos. Me dijo que hacía un par de años se había organizado una quedada de ex alumnos del instituto, precisamente, a través de Facebook, y que acudió, pensando que podría encontrarme allí.

¿Eran imaginaciones mías o me estaba dejando caer que seguía sintiendo algo por mí?

—¿Qué piensas? —me preguntó, alargando tímidamente su mano, que quedaba bastante cerca de mi pierna, hasta acariciarme la rodilla con el reverso de su dedo pulgar.

Me aparté rápidamente, cambiando de postura y ordenando mis próximas palabras para que no sonaran a niña engreída:

—Rubén, no quiero que me malinterpretes, pero esto es demasiado para una tarde.

Hace veinte minutos estabas más que enterrado en mi pasado, y ahora estás aquí, vivito y coleando y comportándote como si ninguno de los dos tuviera una vida ahí fuera—me atreví a acusarle.

Me quedé esperando su reacción, pero él sólo apuraba su café, tranquilamente, mirándome por encima del borde del vaso.

Sin exteriorizar ningún tipo de emoción, con una confianza pasmosa, me soltó:

—Me da igual lo que digas. No pienso dejar que vuelvas a desaparecer de mi vida.

¿Qué iba a pasar a partir de ahora entre ellos?

¿Qué había querido decir Rubén con eso de que no pensaba dejarla escapar?

 

Descúbrelo en el siguiente capítulo.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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