Resumen del capítulo anterior:  La mujer de Rubén se presenta en el edificio de apartamentos donde ellos se habían citado. Cuando él baja para tranquilizarla, la mujer amenaza con contárselo al marido de Ana, y ambos salen a toda prisa para intentar impedirlo.

Nunca hubiera imaginado que mi matrimonio acabaría, ni mucho menos que lo haría así: con  mi marido en el portal de nuestra casa escuchando atónito de boca de la mujer de mi amante lo que él consideraría desvaríos de una mujer celosa.

 

Estaba segura de que Antonio no estaba creyendo ni una palabra de lo que ella le decía. Sí, convencida al cien por cien, porque cuando me vio bajar del coche de Rubén junto a él, se le cambió la cara.

Se llevó las manos a la cabeza y se volvió de espaldas. Mientras continuábamos avanzando, lo vi sentarse en el escalón del portal, meter la cabeza entre las piernas y quedarse allí sentado, balanceándose hacia delante y hacia atrás como un niño pequeño.

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La mujer de Rubén, que hasta aquel momento no había parado de hablar y de gesticular, imagino que poniendo a mi marido al día de todo lo averiguado, se había quedado muda de repente, al vernos allí a los dos, dispuestos a dar la cara.

Al cruzar la acera, vi a la niñera de mi hijo asomada al balcón y le hice gestos con la mano para que se metiera adentro. Sólo faltaba que tuviéramos espectadores. Antonio levantó la cabeza y me miró, como si allí sólo estuviéramos los dos:

—No puedo creerlo, Ana.

Me sentí muy miserable y lamenté profundamente haberle causado ese dolor.

—Creo que hablo por Rubén también si digo que lo siento —Antonio pareció caer en la cuenta de que allí estaba también el hombre que se había acostado con su esposa y le dedicó una mirada cargada de odio—. Lo último que hubiéramos deseado es haceros daño.

La mujer de Rubén me interrumpió:

—Pues podías habértelo pensado antes de meterte en la cama con mi marido.

—Tienes todo el derecho del mundo a odiarme, pero eso no te lo devolverá —el brillo en sus ojos me decía que me anduviera con cuidado si no quería salir lastimada de allí—. Has averiguado parte de la historia pero no lo sabes todo.

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Antonio y ella quedaron sorprendidos por aquellas palabras. Yo continué hablando muy calmada:

—Rubén y yo nos conocemos desde muy jóvenes, fuimos juntos al instituto y estuvimos saliendo durante muchos años —escuchaban aquellas palabras con la boca abierta, sin atreverse a interrumpir—. No nos habíamos vuelto a ver desde que rompimos, cada uno siguió su camino, hasta que ese camino nos hizo encontrarnos de nuevo.

Miré a Rubén, que me dedicaba una leve sonrisa, y se atrevió a cogerme de la mano. Al principio me sentí incómoda por hacerlo delante de ellos, pero a los pocos segundos, me sentía reconfortada de tenerlo ahí a mi lado, dando ese paso junto a mí.

—Aquí no se trata de sexo y nada más —añadió él—. Cuando volvimos a vernos volvió a encenderse algo que nunca se había apagado del todo en nosotros. Me he vuelto a enamorar de esta mujer como lo hice cuando tenía dieciséis años sin poderlo ni quererlo evitar.

 Mi marido se levantó del escalón donde hasta ahora había permanecido sentado.

—¿Estáis diciendo que no vais a volver a casa? —preguntó Antonio.

Rubén y yo no respondimos. Quedaba claro que lo que nosotros habíamos dado por evidente, era algo con lo que ellos no habían contado. La  mujer de Rubén tartamudeó al decir:

—Pero yo estoy dispuesta a perdonarte, Rubén. No quiero separarme.

Me mordí el labio inferior y cerré los ojos, esto estaba resultando muy duro. Rubén se apresuró a dejarlo claro:

—No voy a volver a casa contigo. Ana y yo hemos decidido que queremos estar juntos. Justamente esta tarde estábamos decidiendo cuándo os lo íbamos a contar todo.

Su mujer lo miraba con lágrimas en los ojos. Le temblaba la barbilla. Antonio no había apartado la vista de mí y ahora bajaba su mirada hasta mi mano entrelazada con la de aquel hombre, que para mí era mi vida y para él era un extraño, y habló por primera vez:

—Esto ya es demasiado. Yo también estaba dispuesto a perdonarte, Ana. Una infidelidad la comete cualquiera, pero no sabía que eras tan torpe. Dejar a un marido abogado que puede darte una vida cómoda por un maestro de primaria…¿porque te has enamorado? —Antonio escupía sus palabras cargadas de veneno con un tono burlón—

¿Sabes cuántas veces te he engañado con otras mujeres? Ni lo sé. He perdido la cuenta. Pero siempre he tenido bien claro el papel que te correspondía como esposa. ¡Qué ingenua! ¿Regresa tu primer novio y confundes un poco de sexo adolescente con el verdadero amor? Me da la risa. ¡Eres imbécil!

Yo lo escuchaba sin creérmelo. De repente, sentía que había hecho el ridículo teniendo tantos miramientos con él, cuando ahora descubría que no los merecía.

No pudo seguir jactándose ni burlándose de nosotros. Rubén le propinó un puñetazo en la barbilla que lo estampó contra la puerta de cristal.

Su mujer se metió en medio intentando sujetar a su marido para que no siguiera peleando, pero mi chico se zafó de su abrazo y poniendo un dedo muy cerca de la nariz de mi marido le dijo:

—Si vuelves a hablarle así, volveré a hacerlo.

Se volvió hacia mí, para saber qué quería hacer, si quería pasar la noche en aquel piso o si quería irme al apartamento. Yo estaba aturdida y no sabía qué decir.

La mujer de Rubén pareció haber llegado a su límite y echó a correr hacia su coche. Él la miró sin decir nada y me dijo que luego hablaría con ella. Antonio se limpiaba la sangre que había comenzado a gotearle de la mandíbula y añadió:

—Te recuerdo que soy abogado. Te caerá una buena multa.

Rubén pareció desesperarse ante las amenazas de mi marido y, agarrándolo por las solapas de la chaqueta que llevaba puesta, lo empujó de nuevo contra el cristal:

—Ya puedes arruinarme a multas, que no vas a conseguir nada. Ana ya no es tu mujer, métetelo en la cabeza. Aprende a solucionar las cosas como un hombre de verdad, y déjate de papeles.

Yo sacudí mi cabeza y mis ideas y le dije que tenía que subir a por Pablo, que no quería pasar la noche en aquella casa. Rubén me acompañó arriba, mientras Antonio se quedaba sin saber qué decir en la calle.

Metí algunas cosas mías y de Pablo en una maleta, ante la mirada atónita de la niñera y la alegría de mi hijo al ver a su maestro en casa. Le dije a la niñera que hoy ya había terminado su jornada, y salimos de aquella casa los cuatro juntos.

Cuando llegamos al portal, la niñera se llevó las manos a la boca al ver a Antonio, y Pablo corrió a sus brazos para saber qué había pasado:

—Nada, me he tropezado, hijo —le dijo a él mirándonos a nosotros—. Anda, ve con mamá.

Al pasar a nuestro lado, escaleras arriba hacia nuestro piso, murmuró “tendrás noticias mías”.

Pero ya no me importaba. Salía de mi casa dejando atrás una vida desgastada y un matrimonio que llevaba roto muchos años y abrazaba un futuro incierto junto a un hombre del que me había enamorado por segunda vez.

Las manos me temblaban cuando me senté en el coche junto a Rubén, pero ambos supimos disimular bien mientras Pablo disparaba preguntas como una ametralladora. Miré el perfil de Rubén recortado contra la luz del atardecer, también estaba preocupado. 

Seguramente, no iba a ser fácil, pero estaba convencida de que iba a merecer la pena.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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