Resumen capítulo anterior: Rubén y Ana vuelven a escaparse al apartamento del amigo para saciar el deseo que sienten el uno por el otro.

Cuando Ana regresa a casa, se encuentra con que su marido quiere sexo, pero ella se busca una excusa para no tener que hacerlo esa noche.

Para tener una aventura, hay que conservar la cabeza bien fría y saber separar a la perfección la doble vida que has empezado a llevar.

A tu amante te vas a entregar por completo, reconociendo dentro de ti a una mujer que hacía años que dormía. Pero no puedes perder de vista que sigues estando casada con un hombre con el que compartes la casa y un proyecto de vida. Y no es fácil fingir que todo sigue igual.

El sábado por la mañana, me levanté temprano y me puse a limpiar la casa, con mi marido y mi hijo aún dormidos. Mientras recogía juguetes y ordenaba chismes, pensaba cómo no había caído antes en la cuenta de lo triste que era mi vida hasta que apareció Rubén.

Antonio y yo hacíamos el amor una vez cada quince días, y lo había incorporado a mi rutina como una tarea más de la casa, como algo que forma parte del matrimonio y que hay que hacer con ganas o sin ellas.

Ahora, había recordado que el amor era otra cosa, había vuelto a tener ganas de sexo a todas horas. Y se me hacía insoportable continuar ni un minuto más viviendo una vida que no quería.

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Mi chiquitín se levantó cuando ya había recogido el salón y lo dejé hipnotizado delante de la tele, tomándose su desayuno a base de croissants con mantequilla y un vaso grande de leche fría. Yo me metí en la cocina, puse café, y antes de que subiera, oí que Antonio se levantaba.

Desayunamos juntos y luego, se encerró en su despacho a trabajar. Yo agradecí perderlo de vista durante unas horas, no podía dejar de pensar en Rubén y lo echaba dolorosamente de menos.

A mediodía, salimos a hacer la compra. Antonio sugirió que fuéramos al nuevo supermercado que habían abierto hacía unas semanas en nuestro barrio, tenían una variada selección de carnes ibéricas y una buena bodega de vinos, y aún no lo conocíamos, así que allá nos fuimos los tres.

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Íbamos paseando por los pasillos, Antonio empujando el carrito y yo intentando encontrar aquello que había apuntado en mi lista, desubicada fuera de mi tienda habitual, cuando escuché a mi hijo gritar a mi espalda:

—¡Hola, profe!

No podía ser cierto, me giré lentamente y allí estaba él, con las que supuse su mujer y su hija. Chocó los cinco con mi hijo y me saludó haciendo un simple movimiento de cabeza.

Se presentó a mi marido y nos presentó a su mujer, muy guapa, por cierto. Después de intercambiar algunas palabras cordiales, puse fin rápidamente a aquella incómoda situación, tirando de los míos en dirección opuesta a la suya, pero estaba claro que el destino se estaba divirtiendo a nuestra costa, porque cuando nos colocamos en la cola de la caja, justo detrás aparecieron ellos.

Lancé varios tacos para mis adentros. Mi marido recordó algo que había olvidado y la encantadora mujer de Rubén se ofreció para indicarle en qué pasillo lo había visto. En esos breves segundos que nos quedamos a solas con los niños, Rubén se acercó a mí con disimulo:

—No quiero seguir así. Te echo de menos, Ana. Tenemos que decírselo.

—¿Qué? —yo miraba a todos lados, incómoda con la conversación.

—Sólo nos estamos engañando a nosotros mismos, ¿a qué estamos esperando?

Me pasé las manos por la cara, suspiré y vi a mi marido volver, charlando amigablemente con la mujer de mi amante.

—No podemos hablar aquí. ¿Nos vemos el lunes para comer?—le dije sin mirarle a los ojos.

—El lunes no puedo, tengo tutorías. ¿Por qué no vienes y nos vemos en el cole?

—Vale.

Nos miramos con mucho dolor en los ojos, antes de volver a colocarnos las caretas de mujer y marido felices y nos despedimos cordialmente al dirigirnos al aparcamiento.

Volví a casa con el ánimo por los suelos, pensando seriamente en lo que Rubén me había sugerido. Yo no tenía dudas de lo que sentía, ¡pero me daba vértigo! Todo había sucedido tan deprisa.

Al llegar la noche, con Pablo metidito en su cama y Antonio sentado a mi lado en el sofá viendo una película, empezó mi calvario. Mi marido retomó lo que quiso empezar la noche anterior y yo sabía que no había más excusas disponibles, a no ser que le dijera la verdad.

Así que haciendo de tripas corazón, cerré los ojos, y dejé que siguiera adelante con sus caricias. Por supuesto, a mí no me salía esa Ana loca y caliente de la que disfrutaba Rubén. Más bien, me quedé en modo estrellita de mar deseando que fuera rápido.

Tener que abrirme de piernas para aquel hombre del que había descubierto que hacía tiempo que no estaba enamorada, fue más duro de lo que yo había imaginado.

Por suerte para mí, en menos de cinco minutos había despachado y como de costumbre, no le importó si yo había alcanzado el orgasmo, cosa que agradecí, en esta ocasión.

Me volví a vestir el pijama que me había quitado un momento antes y me fui a la cama, metiendo la cabeza en la almohada y llorando en silencio.

Lo peor de todo fue sentir que a quien había engañado era a Rubén. Pero quería a mi marido, era el padre de mi hijo, y el hombre más bueno que había conocido.

Necesitaba hablar con Rubén cuanto antes.

¿Qué querrá decirle Ana a Rubén? ¿Decidirá hacer caso a su propuesta y sincerarse con su marido? ¿O podría proponerle que debían dejar de verse para volver a su vida rutinaria y cómoda de antes? No te pierdas el siguiente número.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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