Cualquiera que haya escuchado mis alaridos, mi llanto histérico y desgarrador (los vecinos lo escucharon, seguro), estará convencido de que me estaban matando.

 

El llanto era, sobre todo, por incredulidad, impotencia y desesperación. Nunca hubiera podido imaginar que ese hombre de mirada tranquila, perfecto, ese hombre que amaba y que estaba a horas de convertirse en mi marido, me estuviera haciendo eso.

La tragedia estaba en su momento más álgido y no había marcha atrás. Tenía que solucionar el desastre y salir como si nada hubiera pasado.

Ni siquiera podía permitirme llorar porque cualquier demora en el asunto significaba la imposibilidad de concretar un sueño. Él intentaba contenerme y silenciar mis gritos, pero yo estaba fuera de mí. Una fuerza feroz se había apoderado de mis emociones y no podía entrar en razón.

Era el día más importante de mi vida y lo estaba arruinando.

Lo que no podía fallar, falló: El peinado no había quedado como lo había soñado.

Tenía una porra indomable, llena de frizz y carente de belleza, capaz de arruinar cualquier fotografía . Cuando faltaban 15 minutos para salir, mi futuro esposo entra al baño (cambiado, peinado y perfumado) y me dice: “¿Te falta mucho? Ya nos tenemos que ir”.

Fue en ese momento que me miré en el espejo y reconocí el grave error de intentar peinarme yo misma el día del Civil.

- ¡Me quedó espantoso! ¡Yo sabía que me iba a pasar esto! ¿Por qué no fui a la peluquería? ¿Eh? ¿Qué hago?
- Lo que pasa es que tenés las puntas pajosas.- Me respondió con la seguridad de un coiffeur.

Desesperada frente a la tiranía del tiempo, le dije: “Dame un tijeretazo”.

Él, obediente, corrió en busca de una tijera (la que usamos para cortar albahaca). Sentí la tijera apoyarse en mi espalda, el crujir del filo contra el pelo mientras oía el estruendoso sonido del colchón de cabello al golpear contra el suelo.

-¿Qué hiciste!? ¿Estás loco? ¡Me dejaste pelada!

Una catarata de lágrimas se disponían a salir de mis ojos, pero respiré para contenerlas y que no se corriera el maquillaje, mientras él me miraba incrédulo.

- ¡Me arruinaste la vida, soy una novia, no me podeis hacer esto! ¡Años me dejé crecer el pelo para este momento! ¡No puedo aceptarlo! ¡Soy una novia! -Le decía aullando en camisón.

- Los vecinos van a pensar que te estoy matando, pará de gritar y cambiate que nos tenemos que ir, vamos a perder el turno.

El timbre sonó estruendoso, eran nuestros amigos que venían a buscarnos. “¿Por qué no te dejás las trenzas que te quedan hermosas”. Me dijo mientras me acercaba con miedo el vestido, intentando calmar a la fiera.

Sólo había dos opciones: O quedarme llorando para siempre, perdiendo la oportunidad de que me tiren arroz y convertirme en su esposa, o ponerme el vestido y enfrentar con dignidad la ceremonia.

Y eso hice, me vestí y salimos.

En los pocos minutos de viaje al civil, fui probando peinados y como resultado de una votación grupal me dejé las trencitas, las que para mi sorpresa, fueron elogiadas sin cesar.

Ahora que tengo la famosa foto en el portarretrato de mi casa, noto que no me quedaron tan mal, y que así es y será mi vida, ridícula, atolondrada y melodramática, pero acompañada de un gran coiffeur.

Escrito por Brenda Howlin para Aire solo para mujeres


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