Llegaba tarde a la tutoría con el profesor de mi hijo y me ponía de mal humor llegar tarde a los sitios, sobre todo porque había tenido que salir pitando del trabajo, sin detenerme a mirar cómo mi jefa se metamorfoseaba en ogro radioactivo mientras yo cogía la puerta.

Mi marido y yo nos habíamos repartido las tareas de la semana, y ésta en concreto le había tocado a él, pero para variar, me había llamado diciendo que le había surgido una comida con un cliente que no podía anular.

Siempre igual, su trabajo era más importante que el mío. Para rematar la faena, se había puesto a llover como si la cañería central del cielo se hubiera roto, y el tráfico estaba imposible.

En una ciudad como ésta, desacostumbrada al agua, tres gotas seguidas eran capaces de generar un caos circulatorio.

Me impacientaba, tamborileando con mis dedos sobre el volante mientras el reloj digital del coche iba marcando los minutos —ya pasaban diez de la hora a la que estaba citada—, ¡qué mala impresión iba a causarle al nuevo maestro!

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Aún no lo conocía, como dejaba a Pablo en el aula matinal y la niñera lo recogía siempre del comedor, no tenía ni idea de quién era su tutor.

Sólo sabía que todas las mamis del cole estaban locas por él.

El chat de la clase ardía con comentarios subiditos de tono, y hasta algún que otro papá había tenido que llamar públicamente al orden a su señora ante aquel derroche de elogios a la fisonomía del nuevo fichaje. Lo llamaban el bombón.

En el fondo, tenía curiosidad por comprobar si todo aquello era una exageración o si el tipo merecía todos aquellos calificativos.

Por fin, el edificio del cole apareció a lo lejos, aparqué el coche justo enfrente y salí corriendo, por la tardanza y porque no llevaba paraguas.

Al cruzar la carretera, con el abrigo sobre mi cabeza intentando no ser atropellada, metí los pies en un charco hasta la altura de los tobillos. ¡J..., mis tacones de piel de cocodrilo!

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Casi me echo a llorar allí mismo, pero no tenía tiempo para lamentaciones, así que corrí adentro del edificio, dispuesta a acabar ya con aquella tarde que iba de mal en peor.

Pregunté en secretaría por la clase de Tercero B y seguí las indicaciones hasta llegar a la puerta. Di dos toques y desde dentro escuché un “adelante” que me dio permiso para abrir.

Entré disculpándome por el retraso y echándole la culpa a la lluvia. El profesor estaba guardando algunas cosas en un cajón y cuando se giró sobre la silla y nos miramos…

¡No me lo podía creer! El bombón no era otro que Rubén, ¡mi primer novio!

—¿Ana?—consiguió articular él, igual de sorprendido que yo.

—Pero, ¿qué haces tú aquí?

Me entró la risa nerviosa. Rubén se levantó de la silla y se acercó para darme dos besos.

Yo di un par de pasos que sonaron a chapoteo, y entonces caí en la cuenta de que estaba empapada hasta las orejas. Nos abrazamos, hacía como veinte años que nos habíamos perdido la pista, ¡y ahora resultaba que era el profesor de mi hijo de 8 años!

—Menuda sorpresa —acerté a decir—. ¿Así que eres maestro de primaria? ¡Pero si yo te dejé estudiando Educación Física!

—Y lo terminé, pero mira, resulta que quise seguir estudiando y descubrí que me encantan los niños.

No salía de mi asombro. Me costaba hacerme a la idea de que realmente se trataba de él. Estaba igualito, madre mía, el pelo salpicado de canas y alguna que otra arruguita alrededor de los ojos, pero igual de interesante.

—No has cambiado nada—confesé, evitando que se me notara demasiado que algo se había despertado en mi estómago al verle.

—Yo no puedo decir lo mismo —replicó, con media sonrisa en sus labios.

Ya estaba a punto de soltarle una fresca cuando añadió:

—Estás mucho más guapa, aunque parezca que acabas de cruzarte el Guadalquivir a nado.

Nos echamos a reír, alegrándonos de los giros inesperados de la vida. Entonces, Rubén me propuso:

–Oye, eras mi última cita de la tarde. ¿Te apetece que salgamos de aquí y nos tomemos un café en algún lado? Tenemos mil cosas que contarnos.

¿Qué crees que hará Ana? ¿Se atreverá a aceptar la invitación de Rubén o tendrá miedo de avivar unos sentimientos que había olvidado hacía mucho tiempo?

Descúbrelo en el siguiente capítulo.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com 

 


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