Resumen capítulo anterior: Rubén cumple su propósito de volver a ver a Ana, haciéndose pasar por un interesado en arte en la exposición que inaugura su galería. La invita a cenar y ella acepta, después de ver cómo su compañera coquetea con él. 

¿Os ha pasado alguna vez que os habéis comprometido con algo, presas de una euforia momentánea, y cuando ha llegado el momento de llevarlo a cabo maldecís vuestro atrevimiento?

Pues justo así me sentía yo cuando a las diez y media de la noche dimos por concluida la inauguración de la nueva exhibición en la galería de arte donde trabajaba. Me había dejado llevar por el orgullo, al ver a mi compañera intentando seducir a mi ex y había sacado las uñas, aceptando su peligrosa invitación de cena para dos.

Pero ahora, todo me parecía un despropósito, ¿cómo iba a salir de aquélla?

Desde la puerta de la galería, dirigí la mirada hacia el bar donde había citado a Rubén y lo localicé sentado en un taburete alto, tomando una copa de vino y con su mirada fija en mí, y me desarmó.

Mi conciencia llamaba a la puerta de la cordura pero mi lado travieso le echó el cerrojo y dos vueltas de llave. Al llegar a su altura, le sonreí diciéndole “Estás mal de la cabeza” y él encajó con humor aquel halago velado en forma de crítica.

Pasamos al interior del restaurante —él había reservado mesa—, y nos acomodaron en una esquinita demasiado coqueta y acogedora. Mal empezábamos.

—Bueno, ya estamos aquí. ¿Y ahora qué? —quise saber.

—Ahora vamos a ponernos al día de nuestras vidas, tenemos veinte años que contarnos.

Para mi grata sorpresa, la cena fue muy agradable. Rubén se había convertido en un hombre encantador y seguía siendo un excelente conversador.

Hablamos de nuestras familias, contándonos qué era de ellos, echando de menos a los que ya faltaban—como su madre y mi padre—, recordamos viejas anécdotas, nos reprochamos entrerisas peleas de cuando teníamos veinte años, y apuramos entre los dos casi sin darnos cuenta una botella enterita de Ribera del Duero.

Al cabo de dos horas sólo quedaba otra mesa más aparte de la nuestra en el local, y el camarero se acercó a preguntarnos si tomaríamos postre.

Yo sopesé los riesgos de aquella bomba de relojería: ¿Nocturnidad?, ya era inevitable; ¿Alcohol?, demasiado; ¿de verdad quería añadir chocolate? Pero en aquel momento, escuché “Tenemos crêpe de chocolate con helado de vainilla” y no pude resistirme a rematar el cóctel explosivo.

Pedimos uno para compartir.Me sentía muy agusto, supongo que el medio litro de vino que llevaba en el cuerpo tendría algo que ver, y la combinación del helado con el chocolate caliente del crêpe me hizo bajar la guardia.

—¿Cómo está Irene? —me preguntaba Rubén.

La mención a la loca que seguía siendo mi mejor amiga avivó mi lado picante.

—Muy bien, igual que siempre. Le conté que te había vuelto a encontrar.

—¿Y qué te dijo?

—Que íbamos a acabar en la cama —le solté así, sin anestesia, estudiando su reacción.

Rubén sonrió y le dio un último bocado al postre que compartíamos, sin dejar de mirarme, pero sin pronunciar palabra.

Yo me mordí el labio inferior, desafiando su mirada y sintiéndome sexy y juguetona. Pidió la cuenta y salimos al exterior. Preguntódónde había aparcado y nos dimos cuenta de que nuestros coches estaban en direcciones opuestas.

Tocaba despedirse. La tensión me subía por la espalda, mi cabeza estaba espesa, era una presa fácil. Si me insinuaba lo más mínimo, no sería capaz de negarme.

—Te acompañaré, no quiero que vayas sola.

Echamos a andar por las calles desiertas y me agarré a su brazo. Hacía frío. No hablamos por el camino, creo que ambos estábamos abrumados por la inminente separación y por cómo íbamos a manejarla.

Cuando llegamos a mi coche, accioné el mando y abrí la puerta del conductor. Me quedé ahí parada, de pie, mirándolo indecisa. ¿A qué estaba esperando? Entonces susurró “Ven aquí”, mientras me atraía hacia él.

Me atrapó entre sus brazos con fuerza y yo respondí hundiendo mi cabeza en su cuello.

Permanecimos así como cinco minutos o una eternidad, no sabría decir, hasta que aflojó la intensidad del abrazo y nos separamos lentamente. Cuando nuestras miradas se encontraron, me tomó por la barbilla y me dio un único beso en la mejilla, casi rozando la comisura de mis labios.

—Conduce con cuidado —y se volvió sobre sus pasos, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo y echando a caminar como el que pasea, lentamente, levantando la cabeza hacia el cielo y sin volver su vista atrás ni una sola vez. 

Me quedé mirándolo hasta que su figura se perdió entre las callejuelas,diciéndome que así era mejor, pero sin poder evitar sentirme un poco decepcionada.

Con la respiración acelerada, me subí al coche, sintiendo los latidos de mi corazón en la entrepierna.

¿Qué pasará a continuación? ¿Habrá conseguido Rubén con esa actitud reservada que sea Ana la que busque más? ¿O habrá sido una forma de poner los límites entre ellos? Descúbrelo en el siguiente capítulo. 

Descúbrelo en el siguiente capítulo.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


Booking.com