Resumen capítulo anterior: Ana vuelve a casa después de la tarde de sexo con su primer novio y  debe afrontar el reencuentro con su marido, tras la infidelidad cometida.

Sin embargo, se siente tan feliz en su nube que no tiene remordimientos, ni siquiera cuando Rubén le escribe para pedirle más.

Todo lo que había escuchado a lo largo de mi vida sobre la infidelidad coincidía en que el momento más duro llegaba cuando tenías que mirar a tu pareja a los ojos y mentirle sobre lo que acababa de pasar.

La tarde anterior, en la que había dado el salto para dejar de ser una esposa fiel y convertirme en la amante de mi primer novio, esperaba que inmediatamente después de las horas de sexo me llegara ese sentimiento de culpa, esa sensación de sentirme vil, ruin y embustera.

Llevaba nueve años casada con Antonio y jamás había traspasado la línea. Pero no fue así. Me había subido a una nube y no quería bajar.

Dudaba de si él cumpliría la promesa de venir a comer conmigo que me envió por whatsapp la noche anterior. Tampoco yo le pregunté, desconozco si por hacerme la interesante o por miedo a que me dijera que no.

Normalmente, me turnaba con mi compañera, la Mosquita Muerta, para comer en el bar que había frente a la galería: yo lo hacía entre las dos y las tres, y ella a continuación. Pero aquella mañana, sabiendo que el cole terminaba a las dos y que, de ir en serio, Rubén no llegaría hasta las dos y media por lo menos, le pedí a Mosquita Muerta que me cambiara el turno.

La pobre infeliz no protestó. Yo seguía esperando una llamada de Rubén, pero a las tres menos diez volvió la Mosquita, y a menos cinco me colgué el bolso para hacerlo yo, cargando además con un saco de desilusión a cuestas.

Cuando salí a la calle, casi se me sale el corazón por la boca: el coche rojo de Rubén estaba montado en el bordillo de la acera de enfrente, y dentro, mi chico con una camiseta blanca y sus gafas de sol.

Se me dibujó el enamoramiento en la cara y crucé la carretera saltando. Me agaché para darle un beso a través de la ventanilla bajada y cuando metí mi cabeza dentro del coche, me agarró por la cintura y tiró de mí, haciéndome quedar sentada sobre su regazo, con las piernas colgando por fuera y riéndome como una loca mientras la gente que pasaba nos miraba sonriendo.

Nos besamos abrazados así, durante un minuto con aspiraciones de eternidad,  hasta me coloqué en mi asiento haciendo un poco de contorsionismo.

No sabía si vendrías  le dije con una vocecilla dulce, apoyando mi cabeza en su hombro mientras  él se incorporaba a la circulación.

¿Por qué no? ¿No te avisé anoche?

Ya, pero no sabía si ibas en serio.

Me miró haciéndose el ofendido. 

¿Dónde quieres comer?  ̶ me preguntó.

Me da igual.

¿Cuánto tiempo tienes?

Una hora.

Enfiló hacia el parque María Luisa. Paró antes en el McDonald’s de Puerta de Jerez, que nos cogía de camino y regresó con una bolsa con la que podría haber comido un equipo de fútbol.

No tuvimos problemas para encontrar aparcamiento, sacó del maletero una colcha que me dijo que siempre llevaba por lo que pudiera surgir y buscamos una buena sombra bajo la que zamparnos dos menús grandes, una ensalada, una caja de nuggets y dos helados.

Con la barriga llena, me tumbé boca arriba, con los brazos cruzados bajo mi cabeza, absolutamente satisfecha. Rubén se tumbó junto a mí, de lado, apoyando su cabeza sobre su brazo flexionado. Con los ojos cerrados, le dije:

¿Qué estás mirando?

¿Qué quieres que mire? La mujer de bandera en la que te has convertido, Ana.

Abrí los ojos y lo miré. Extendí los brazos y los pasé alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia mí para besarlo.Tener a Rubén encima con tanta ropa de por medio era frustrante. Notaba en mis caderas que también para él comenzaba a serlo.

Cariño, nos estamos exponiendo demasiado. Podría vernos alguien protesté.

Se me ocurre una idea loca. Aún tengo las llaves del apartamento. ¿Nos escapamos?

¿A tu amigo le parecerá bien?

Me ha dicho que me quede esta copia hasta que encuentre un inquilino. Tenemos permiso para hacer uso de él cuando queramos.

Me levanté como si hubieran accionado un resorte. “¿A qué estamos esperando?”, le dije metiendo en la bolsa los restos de la comida y animándolo a doblar rápidamente la colcha.

Rubén se reía mientras mascullaba un “me vuelve loco esta chica” y yo le respondía diciendo “corre, corre, corre”. Nos lanzamos dentro de su coche, a la máxima velocidad permitida.

Le envié un whatsapp a Mosquita Muerta para avisarla de que me había surgido un imprevisto y tenía que tomarme el resto de la tarde libre. Escuché a Rubén llamar a su mujer y decirle que tardaría un par de horas más de lo previsto.

Sentí una punzadita de pena por nuestras parejas y dije en voz alta “esto no puede ser bueno”.

Me tomó de la mano, se la acercó a la boca y me besó los dedos. Le pellizqué los labios, calientes, y se introdujo dentro de la boca mis dedos índice y corazón. Sentí cómo se me escapaba la culpa por la entrepierna, mientras el contacto con su saliva y su lengua me excitaba cada vez más. Muy serio, me respondió:

Esto es lo mejor que nos ha pasado en mucho tiempo. Y lo sabes.

¿Hasta cuándo serán capaces de continuar con esta doble vida? ¿Se arriesgan demasiado al dejarse ver juntos a plena luz del día en actitud comprometida?

¿Qué ocurrirá cuando aparezcan sentimientos más profundos, aparte del deseo sexual? ¿Soportarán ambos tener que dejar que el otro vuelva a casa con su pareja?  No te pierdas la siguiente entrega.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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