Resumen capítulo anterior: Después de la cena, Rubén guarda las distancias y Ana empieza a pensar que nunca estuvo interesado en traspasar la línea. Sin embargo, cuando en el grupo de whatsapp del cole piden madres voluntarias para una excursión, Ana decide aprovechar la oportunidad para volverlo a ver.

Nunca había sido una mami colaboradora con las cosas del cole, y desde luego no sabía a lo que me estaba prestando cuando decidí ofrecerme para acompañar a los niños a aquella excursión, pero me podían tanto las ganas de volver a ver a Rubén, que no dudé ni por un momento en que el esfuerzo merecería la pena.

Para  lo que no estaba preparada era para ser testigo del coqueteo descarado de las otras madres que, como yo, iban de voluntarias en aquella jornada.

Con la emoción de volver a ver al profe de mi hijo, me había olvidado por completo de que era probablemente el hombre más deseado de toda la comunidad educativa. ¡Por todos los santos, si hasta lo llamaban “el bombón”!

Como íbamos al Corredor Verde, una vía de senderismo junto a la ribera del río, y el programa consistía en actividades lúdicas al aire libre, había escogido una indumentaria deportiva: unas mallas piratas, zapatos de deporte, una camiseta de Guns and Roses desgastada y una gorra para el sol.

Cuando Pablo y yo llegamos a la puerta del cole, me quedé de piedra con los modelitos de las demás: allí proliferaban los vaqueros entallados, las camisetas de licra que mostraban más escote del que ocultaban, maquillaje como para una ceremonia y alisados de peluquería.

De repente, me sentí como la princesa pobre de los cuentos: harapienta y llena de hollín.

Encima,Rubén y yo no queríamos que se supiera que habíamos sido pareja en nuestra juventud para evitar habladurías innecesarias, pero nunca imaginé que fingir aquel distanciamiento podría fastidiarme tanto.

En el autobús de camino al Corredor, la madre más explosiva de todas se sentó junto a Rubén y por más que me esforzaba en hablar con la chica que me había tocado de compañera de asiento, dos filas por detrás de él, era incapaz de aislarme de las risas empalagosas que aquella lagarta le dedicaba a mi ex.

Hasta en tres ocasiones apoyó la cabeza en su hombro, pidiéndole que parara, muerta de la risa. ¿Qué diablos le estaría contando para hacerla reír así? La media hora de camino se me hizo eterna.

Al llegar, organizamos a los niños, dividiéndolos en grupos y separándonos para las diferentes actividades. Por supuesto, “Lady Risitas” cayó casualmente en el grupo del “bombón”. Le lancé a Rubén una mirada de “me la voy a cargar” a la que él respondió guiñándome un ojo.

Para colmo, las demás madres no dejaban de comentar lo buenísimo que estaba el nuevo profesor:

–Por favor, mirad qué brazos tiene. ¿Y si fingimos un desmayo? –proponía una.

–A mí me vuelve loca su boca, ¿habéis visto sus labios? Besarlo tiene que ser un gustazo.

¿Tú qué dices, Ana? ¿No te parece irresistible?  –me preguntaron directamente.

Dejé pasar unos segundos en los que no supe reaccionar. Luego, levanté la cabeza, lo miré desde la distancia fingiendo examinarlo y me pronuncié con indiferencia:

–Pss, tampoco es para tanto.

Casi me comen allí mismo. Al menos, evité que durante el resto del día me hicieran partícipes de sus comentarios, entendieron que conmigo no hallarían ninguna complicidad. 

A la hora de comer, me aposté en la puerta de los aseosque había en el Centro de Visitantes, para asegurarme de que todos los niños entraban al baño y se lavaban las manos antes de comer.

Cuando hubo salido el último, y todos estaban fuera desenvolviendo sus bocatas, entré en el de señoras para lavarme las manos y refrescarme un poco la cabeza. 

Escuché la puerta y levanté la mirada. Rubén acababa de entrar.

–¿Qué haces, loco? Estás en el baño de mujeres.

Por toda respuesta, cerró el pestillo. Supe que algo iba a pasar, conocía de sobra aquel brillo en sus ojos. Me quedé bloqueada, con el pelo mojado empapándome la camiseta, sin moverme ni medio centímetro.

De tres pasos llegó hasta mí, colocándose muy cerca, me agarró por la cintura y me apretó contra él.

Cuando sentí su contacto, fue como abrir la caja de Pandora. De repente, volvían a mi memoria sensaciones de hacía veinte años, la forma de sus músculos, la dureza de su torso bajo la camiseta, su olor corporal…

Su boca se acercó despacito a la mía y nuestros labios se rozaron tímidamente primero, hasta que él entreabrió los suyos.

El contacto con su saliva actuó como un catalizador. Le pasé los brazos alrededor del cuello, enredando mis dedos en su pelo enmarañado. Él metió sus manos por debajo de mi camiseta, recorriéndome la espalda mientras nos besábamos, con nuestras respiraciones acelerándose, mientras desde fuera nos llegaban difuminadas las conversaciones del grupo.

Aquel momento era nuestro, no existía nada más. Sentía que el mundo se había parado para nosotros.

Me apoyó contra la puerta de uno de los aseos, comenzó a besarme por el cuello, y empecé a temer que traspasáramos el momento en el que no habría marcha atrás. Le cogí por la barbilla y le obligué a mirarme, con la respiración agitada.

¿De verdad íbamos a seguir adelante allí, con unos sesenta niños y diez adultos a menos de cincuenta metros?

¿Será capaz Ana de continuar con lo que han empezado, sabiendo que es el sitio y el momento más inapropiado? ¿Cómo gestionarán la vuelta al grupo después de este momento subidito de tono en los baños? No dejes de leer el  próximo capítulo.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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