Resumen del capítulo anterior: Ana había aprovechado las horas de tutoría de Rubén para hablar sobre el futuro. Cuando ambos deciden que quieren apostar por lo suyo, se dejan llevar por los instintos y tienen un momento subidito de tono dentro de la clase.

Pero no se dan cuenta de que están siendo observados por otra mamá del cole desde la puerta.

La tormenta ya se había desatado para cuando llegué a casa, pero yo vivía ajena a ella, porque no había mirado el móvil. Inicié mi rutina vespertina, nerviosa por la decisión que acabábamos de tomar, pero feliz.

 

La niñera se marchó a casa, me metí en la ducha, preparé luego la cena mientras Pablo se bañaba y cuando llegó Antonio, mi hijo y yo ya lo esperábamos sentados en el sofá y con la mesa puesta.

Cenamos viendo las noticias, Pablo se quedó dormido y yo dejé a Antonio recogiendo la mesa mientras llevaba a mi hijo dando traspiés con los ojos cerrados a la cama, lo obligaba a cepillarse los dientes y esperaba que se volviera a quedar dormido.

Cuando volví al salón, para darle las buenas noches a Antonio antes de volverme al dormitorio, me miró por encima de sus gafas de leer y me soltó:

—¿Has leído el chat de la clase? Hay una madre que está diciendo un montón de tonterías sobre Rubén.

Se me heló la sangre.

—¿Qué está diciendo? —fingí que no me importaba mientras me iba al perchero de la entrada a buscar mi propio móvil en el bolso.

—Pues que tiene una aventura con la madre de un alumno —escuché a Antonio decir desde el salón.

Casi me caigo al suelo. Me apoyé contra la pared mientras abría el chat y leía en diagonal, buscando alguna prueba que me pusiera en un apuro. La madre que había soltado la liebre no podía ser otra que la víbora rubia con la que me había cruzado en el pasillo.

Mi intuición me fallaba en pocas ocasiones y desde el principio me dio en la nariz que aquella descarada me traería problemas. Estaba claro que nos había visto. No sé cómo, pero era seguro.

Los detalles que contaba no se los podía haber imaginado. Maldita sea, qué imprudentes habíamos sido. Mi marido continuaba hablando desde el sofá, ofreciéndose para asesorar a Rubén si quería denunciarla y hablando de la violación de no sé qué derecho.

A mí la cabeza me daba vueltas. Volví al salón y me senté a leer detenidamente.

La víbora rubia comenzaba diciendo que tenía un asunto jugoso entre las manos con el que aún no sabía qué hacer. Por supuesto, el resto de madres aburridas enseguida cayó en su trampa demandando más información.

La muy bruja se había dedicado a contar que había visto al profe de nuestros hijos en actitud más que comprometida con otra madre de la clase. Aclarando tres o cuatro “por favor” y “no nos dejes así” después a qué se refería exactamente con actitud comprometida.

Al menos, había tenido la decencia de no mencionar mi nombre, pero a él lo dejaba en una posición muy delicada, y amenazaba al final de la charla con que quizás, algún día, revelara quien era la que se beneficiaba al bombón.

¿Cómo se podía ser tan imprudente? Le puse un whatsapp inmediatamente a Rubén, pidiéndole que nos viéramos al día siguiente en el apartamento. Me respondió con un “ok, a las seis allí”, y me preguntó si todo iba bien.

Yo no quise contarle la película por whatsapp, prefería contárselo en persona y sólo le respondí “tenemos problemas, amor, pero lo hablamos mañana”.

El día posterior lo pasé consultando el móvil por si aquella lagarta había hecho alguna foto que ahora se atreviera a colgar. Estaba muy preocupada, esto no tenía que haber pasado.

Cuando salí del trabajo, por fin, me dirigí al apartamento. Estaba bajándome del coche cuando llegó Rubén en el suyo. Me eché en sus brazos y le vomité toda la historia. Tal y como suponía, él no le dio importancia.

Me tomó por la cintura e intentó tranquilizarme mientras me conducía arriba. Una vez a solas, le conté con detalle todo lo que había pasado y mi temor de que pudiera haber hecho alguna foto.

—No te preocupes por mí, Ana. Conozco a esa madre, viene casi todas las semanas a tutoría. Está recientemente separada y creo que no es muy estable emocionalmente, puede que tenga un serio problema de autoestima. Ha llegado a coquetear conmigo en un par de ocasiones, incluso, pero no creo que llegue a desvelar más. De momento, no ha dicho nada que no podamos negar.

Yo caminaba arriba y abajo por el apartamento, con los nervios de punta.

—Lo único que esto me dice es que tenemos que hablar con nuestras parejas cuanto antes. No podemos dejar que la cosa se complique con cualquier estupidez. ¡Imagínate que tu mujer y mi marido llegan a enterarse de esta forma! No podemos hacer que pasen por semejante bochorno, Rubén.

—Estoy de acuerdo. Nos hemos arriesgado demasiado.

—Bueno, pues ¿cómo hacemos?

—¿Escogemos un día para hablar con ellos? —me propuso Rubén.

Inspiré profundamente, muerta de miedo porque había llegado el momento de afrontar la verdad, y asentí.

—De acuerdo —acepté.

—Podemos hacerlo juntos o por separado.

Me pareció aberrante su sugerencia y le dirigí una mirada de repulsión que no le pasó inadvertida.

—No me mires así. Está claro que hacerlo por separado es mejor para ellos, pero hacerlo juntos será más fácil para nosotros.

—No digas estupideces, amor. ¿No sólo les vamos a contar que queremos dejarlo, sino que tenemos una aventura y con quién? ¿Y encima quieres que lo hagamos juntos y con ellos delante? Tío, cómo puedes ser tan retorcido.

Rubén me miró con cara de estupefacción.

— Yo no quiero esconderme. Si hago esto es para estar contigo al cien por cien.

Yo no podía quedarme quieta. Cada paso que daba hacia la separación de mi marido multiplicaba por cien mis nervios. Entonces sonó el móvil de Rubén. Él se acercó para darme un beso y abrazarme, ignorando el molesto timbre, pero la persona que quería hablar con él insistía, una y otra vez.

—Cógelo —le dije.

Rubén se acercó al aparato y me dijo:

—Es mi mujer.

Lo miré extrañada. Pensé que algo podía haber ocurrido.

La llamada ya se había cortado cuando Rubén fue a descolgar. Lo vi mirando fijamente la pantalla y la sorpresa se reflejó en su cara.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Levantó la cabeza y me enseñó su móvil. Había recibido un whatsapp de su mujer en el que se leía:

“¿Cuánto tiempo necesitas para echarle un polvo a esa zorra? Estoy abajo y no pienso irme sin ti”.

¿Qué ocurrirá ahora que la mujer de Rubén sabe lo suyo con Ana? ¿Cómo reaccionará? ¿Entenderá que sobre el corazón nadie manda y lo dejará marchar? ¿O querrá seguir haciéndolo suyo a toda costa? Descúbrelo la semana que viene. Sólo quedan dos entregas para el final de esta historia de amor.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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