Resumen capítulo anterior: Irene, la amiga de Ana, le aconseja que recapacite un poco antes de tomar una decisión.  Ana, que sigue confundida, va a ver a Rubén al cole para hablar con él.

Había aprovechado que aquella tarde Rubén tenía tutorías en el cole para acercarme a hablar con él. Después de consultarlo con la almohada, había decidido que no quería seguir manteniendo por más tiempo esta infidelidad.

 

Había ensayado mil veces las palabras que le diría, con el miedo agazapado en mi interior de que algo pudiera salir mal.

Cuando le dije a mi primer novio regresado del pasado que no podía continuar con esta doble vida y vi el auténtico temor que me devolvieron sus ojos, casi me echo a reír.

—¿Quieres que dejemos de vernos? —me había preguntado Rubén.

—¿Qué?  —dije, reponiéndome demi asombro—. No, claro que no quiero dejar de verte.

Me arropó entre sus brazos y lo sentí suspirar, aliviado.

—Quiero estar contigo, Rubén. Sin escondernos —le dije, aún agarrada a él.

Él se separó de mi abrazo y quiso asegurarse:

—¿Estás diciéndome lo que creo?

Asentí.

—Vamos a por todas, ¿no? —le pregunté con un hilo de voz.

Me levantó en brazos y dio una vuelta completa, girando sobre sus pies.

—¿Cómo puedes estar tan contento?—le reproché, con mi voz temblona—. Yo estoy aterrada.

Me ofreció una silla de Liliput y cogió otra para él, tomando en cuanto nos sentamos mis manos entre las suyas.

—¿De qué tienes miedo?

—Pues de mil cosas, Rubén. De cómo se lo va a tomar Antonio, de cómo le va a afectar a mi hijo…

—Por eso estamos hablando, Ana. Para hacer las cosas bien. Yo tengo claro que no estoy enamorado de mi mujer, y desde luego, no quiero ver pasar la vida ante mis ojos, sino vivirla. ¿Que no va a ser fácil? Cuento con ello. Pero es lo que quiero. Sólo ha hecho falta reencontrarme contigo para tenerlo más claro que nunca. Cuando apareciste aquel día en esta misma clase delante de mí, me pareció una señal.

En ese momento se abrió la puerta. Nos soltamos rápidamente las manos, sobresaltados. Era la señora de la limpieza, visiblemente incómoda por la interrupción.

—Rubén, yo ya me marcho. Eres el último que queda aquí, cierro la puerta de abajo sin llave —aquella mujer nos miraba como la madre que acabara de sorprender a su hija adolescente en el dormitorio con su novio—. Cuando terminéis, avisa por favor a la portera.

—Gracias, Fernanda. Así lo haré.

—Buenas tardes —se despidió antes de cerrar tras de sí, dirigiéndome una mirada suspicaz.

—¿Nos habrá visto cogidos de las manos? —le pregunté  a Rubén.

—No sé, yo casi estaba de espaldas a la puerta. Pero me da igual, Ana. No pienso en la gente.

Me miró con esa intensidad que me volvía loca y sonreí. Me cogió por la barbilla, acercó su boca a la mía y me dejé besar, enredando mis dedos en su pelo.  Le di otro largo abrazo y nos pusimos de pie, dispuestos a marcharnos.

Me colgué el bolso y él se acercó a su mesa para recoger sus cosas. Entonces lo escuché decir:

—¿Ha dicho que somos los últimos en el colegio?

Se me escapó una risita.

—No seas loco, que te conozco.

Se acercó con su mochila colgada de un brazo, mientras yo daba dos o tres pasos atrás, negando con la cabeza.

—No me digas que no tiene su puntito excitante que tu chico te meta la mano por debajo del vestido…—a medida que iba hablando, hacía exactamente lo que me iba proponiendo y yo me reía sin poderme negar.

—En una clase llena de papelitos de colores… —continuó, arrinconándome contra la pizarra de teflón.

—Desde luego, el ambiente es de lo más romántico —me burlé yo.

Mi espalda topó con el tablero blanco y la mano de Rubén por debajo de mi vestido había alcanzado ya la zona crítica. Mi respiración se aceleraba y sabía lo que iba a pasar.

Sus labios estaban muy cerca de los míos, me apartó las braguitas a un lado y noté cómo sus dedos jugueteaban con mi  clítoris, para mi mortificación.

—¿Quieres que siga? —lo escuché susurrarme al oído.

Para mí, ya no había pizarra, ni sillas, ni clase, ni colegio. Sólo un calor terrible en la entrepierna y la persona que podía sofocarlo, delante de mí, pidiéndome permiso.

—Sí —le respondí, con una mirada lasciva en mis ojos.

—¿Seguro?

Por toda respuesta, le metí mi lengua en su boca y acerqué mis caderas a las suyas. Necesitaba sentirlo dentro. Ya.

Rubén dejó caer al suelo la mochila que se había colgado y yo hice lo propio con mi bolso. Me giró, colocándome de cara a la pizarra y lo siguiente que sentí fue cómo se abría paso en mi interior, mientras me susurraba mil palabras al oído.

Yo, giré mi cabeza buscando su boca, necesitaba besarlo. Rubén me abrazaba como un cazador lo haría con su presa, rodeándome con sus brazos, apretándome los pechos con fuerza, sujetándome firmemente.

Me encantaba sentir su hambre de mí, notar que me había echado de menos. En medio de aquel arrebato de locura, ninguno de los dos nos dimos cuenta de que había una chaqueta de mujer olvidada sobre una de las sillas, ni de que su propietaria,  la rubia con la que me había cruzado en el pasillo al llegar, nos miraba sin dar crédito a través del cristal de la puerta de la clase.

¿Qué ocurrirá ahora que alguien había descubierto su relación? ¿Los delatará, revelando su secreto o será capaz de callar? En el siguiente capítulo descubriremos lo que ocurre. Ya sólo quedan tres.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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