Resumen capítulo anterior: Rubén y Ana se encuentran con sus respectivas parejas en el supermercado y él le dice que no puede seguir mintiendo.

Ella vuelve a casa, pensando en sus palabras, y tiene que cumplir con un rato de sexo con su marido, que la deja destrozada emocionalmente.

Apenas había pegado ojo en toda la noche. Tener que acostarme con mi marido pensando en mi amante había sido insoportable.

Estaba hecha un mar de dudas y necesitaba hablarlo con alguien, así que el domingo recurrí a mi amiga Irene y nos escapamos a un parque cercano, para que los niños pudieran jugar mientras nosotras tomábamos un café tranquilas.

Irene no se esperaba que yo estuviera tan enganchada, por supuesto sabía que Rubén había sido el amor de mi vida, pero creía que nuestro reencuentro quedaría en algo de buen sexo y poco más.

Me confesó que sabía que mi matrimonio con Antonio estaba muerto desde hacía tiempo —esas cosas se notan, me dijo—pero no se esperaba que me estuviera planteando dar el paso.

Por supuesto, me animó a contar con ella para lo que quisiera y se interesó por lo que pensaba Rubén de todo esto.

—Él es el que me pide que dejemos a nuestras parejas.

—¿En serio? —mi amiga pareció muy sorprendida.

—¿Qué hago,Irene?

—Yo no te puedo ayudar, cariño. Haz lo que te pida el corazón. Habla con ellos, con los dos. Saca tus conclusiones. Sólo te pido que valoresmuy bien lo que tienes y no confundas tus sentimientos.

—¿Crees que me estoy equivocando?

—No, yo no digo eso. Sólo tú puedes saber lo que quieres hacer. Lo que te digo es que seas prudente, Ana. Un rato de sexo a la semana sin compartir ni una miseria le resultaría idílico a cualquier mujer. Pero tú y Rubén ya rompisteis una vez. No funcionó entonces, ¿por qué iba a hacerlo ahora?

Yo levanté la cabeza de mi café y la miré incrédula. Rubén y yo lo dejamos después de cinco años de noviazgo, porque nuestros intereses comenzaban a tomar caminos distintos y nos enfrentábamos demasiado.

Pero no hubo una pelea, ni mal rollo, sólo decidimos lo mejor para los dos en aquel momento, con toda la madurez que nos permitieron nuestros veintiún años.

—¿Cómo puedes decirme eso?—le reproché—. Tú me conoces, y a él también. ¿No recuerdas cómo era nuestra relación?

—Ana, éramos muy jóvenes. Todos. Ahora es diferente. Y óyeme bien: lo que decidas estará bien. Sólo digo que lo madures un poco, porque hay mucho en juego—se echó hacia atrás en su silla—. Es todo, ya no digo nada más.

Yo volví la vista hacia el parque donde jugaban nuestros hijos, cuando la escuché añadir:

—Sólo una cosita más: ya sabes que a mí me encanta Rubén, hacéis una pareja fantástica y creo que no te recordaba tan feliz en los últimos veinte años.

Me eché a reír y le di un abrazo que casi la tiro al suelo.

—Decidas lo que decidas yo estaré aquí siempre para ti —me dijo antes de que la emoción se me descontrolara y las primeras lágrimas empezaran a rodar mejillas abajo.

El lunes por la mañana, bien temprano, Rubén me puso un whatsapp y me citó a las seis y media. Estuve todo el día muy nerviosa,impaciente, y cuando por fin salí del trabajo, mi coche voló hasta el colegio.

Subí las escaleras casi corriendo y me dirigí a la  clase de mi hijo. Rubén estaba despidiendo a otra mamá en la puerta, justamente, aquélla que se sentó con él en el autobús el día de la excursión y con la que tantas risas compartió.

No me gustó verla despedirse de él con dos besos, me pareció inapropiado y me incomodó.

A ella tampoco pareció agradarle mi presencia e intercambiamos un frío saludo al  cruzarnos por el pasillo. Una vez a solas dentro de la clase, Rubén y yo nos fundimos en un abrazo.

—Perdóname Ana. No tenía derecho a ponerte en esa tesitura el otro día—fue lo primero que me dijo.

—No, no digas eso. Para mí tampoco es fácil, ¿qué te crees?

—¿Cómo estás? Te noto triste.

Me deshice de su abrazo y lo miré fijamente.

—Rubén, tengo que hablar contigo.

El tensó sus músculos bajo la camiseta que llevaba y noté que apretaba la mandíbula.

—¿Qué ocurre?

—No puedo continuar con esto, me está superando la situación.

Me miraba sin pestañear, no sé qué estaría pasando por su cabeza, pero necesitaba que dijera algo. Al fin, se atrevió a preguntar:

—¿Quieres que dejemos de vernos?

¿Qué decidirá Ana? ¿Habrá entendido que esa historia ya quedó en el pasado y que quiere apostar por su matrimonio?

¿O habrá venido a decirle que no quiere pasar ni un día más sin él? No dejes de averiguarlo en el próximo capítulo, cuatro capítulos para el final.

Historias de Amor. La Asignatura pendiente por Raquel Tello para Aire-soloparamujeres.com


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